miércoles, 1 de abril de 2009

Mi viaje.

Todo indicaba la vigilia de aquella larga noche, las hojas de los árboles susurraban al oído su llegada y María reconocía cada palabra dicha entre movimientos involuntarios producida por ese viento enojado que no dejaba de agitar con violencia cada cosa que se encontrara a su paso.
Las tormentas nunca le gustaron, la inquietaba pensar que todo aquello que había quedado fuera de su casa ahora se encontrara bajo el control dominante de esa tormenta, pero tampoco se anima a salir a protegerlas, era muy riesgoso y aunque ella sabia de eso, el miedo la detenía tapada hasta los ojos en su cama.
Por momentos prendía la linterna que le había robado a su papa de su cuarto y dejaba vislumbrar la luz entre la almohada para que no ilumine demasiado y se la quisieran apagar.
Las tormentas allí tenían la característica que las nubes enfurecidas ocultaban la luz dulce de la luna, fiel compañía que cada noche iluminaba su cuarto calmando su gran temor, la oscuridad.
Hoy la luna no había podido hacer nada por ella, había quedado vencida por la intimidatoria tormenta.
Maria ante tanta indiferencia de sus padres por aquella sudestada, comenzó a llamarlos pero nadie contestaba, los llamó una y otra vez hasta que tomó todo el coraje que pudo y se levantó despacito de su cama como rogándole a esa noche oscura que no la lastime, se acercó al cuarto de sus padres para llamarlos y observó con sorpresa y desconcierto que el cuarto se encontraba vacío.
Revisó el baño y tampoco se encontraban allí, corrió hasta la ventana con la convicción que estarían quizás recogiendo las cosas del parque que la corriente caprichosa quisiera llevarse pero tampoco logró encontrarlos.
Pensó donde estarían, no podía creer que se irían sin ella y a donde con esa noche impenetrable y ese río que se había apoderado de toda la superficie del terreno y avanzaba por cada escalón sin permiso y apresurado por entrar a la casa.
Sintió que debería tomar una importante decisión, o permanecía dentro de la casa que hasta allí la había protegido de un afuera amenazante pero que ahora ya había sido vulnerado por esa corriente que no tenia intenciones de detenerse hasta ahogarla en su propia casa, o enfrentar ese afuera temido que la provocaba a salir.
Rápidamente pensó que tomar primero de sus cosas preciadas y se entristeció al reconocer que eran pocas, corrió a su cuarto abrió su placard y retiró con mucho trabajo algunos álbum de fotos que habían apilados en el estante, los sujetó con mucho cuidado por temor a que se le caigan al piso colmado de agua que no detenía su crecimiento ni siquiera ante su desesperación. Pensó que mas se llevaría y al girar su rostro observó al oso Federico que la observaba con una mirada expectante, Maria se sonrió al pensar solo en la posibilidad de llevarlo pero recordó que habían crecido juntos, tenían tantos secretos, lagrimas y miradas cómplices cargadas de travesuras que le hizo recordar cuanto lo amaba. No podía dejarlo allí pero tampoco llevarlo por la fuerza, ya eran muy grandes los dos y el debía elegir que camino quería seguir, lo miró con toda la dulzura que ameritaba el tiempo vivido y pudo leer en sus ojos su contestación.
Te comprendo le dijo, este es mi viaje…

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