miércoles, 10 de septiembre de 2008

Casita de papel.


Maraia recordaba cuando era pequeña la cantidad de veces que había diseñado su casa para jugar a la mama, todavía podía recordar hoy el aroma de aquellas ramas de casuarina que delimitaban los ambientes, era tan censillo, tan poco costoso que recuerda haberlo armado sola.

Quizás hoy a la distancia observando aquella escena proyectada tan clara en su mente comprende porque aquel juego de alguna manera condicionó su vida provocando el primer derrumbe de su casa.

Las casas no se pueden construir en soledad, se necesita otra mano que sostenga los pilares, tampoco se puede hacer con pastitos débiles porque en la primera tormenta se los lleva el viento.

También recuerda que como toda nena le gustaba dibujar, pero también allí sus producciones se encontraban condicionadas a esa construcción primaria, como si fuese una línea aprendida casi estereotipada que resultaba muy difícil romper, eran típicas casas cuadraditas con la ventana en el lugar esperado, la chimenea, el árbol, el lago y los patos esperados…esperados por quien?

Hoy recuerda la última vez que se sentó a dibujar como un último intento de modelar la fantasía de una posible construcción pero a aquellas hojas también se las robó el viento como las hojas escritas de una novela sin final, o quizás un final anunciado, que Maraia no quería leer.

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